lunes, 28 de noviembre de 2011

Estamos hechos de polvo de estrellas



Conectados, Carl Sagan, Richard Feynman. En fin, canten maestros. La sinfonia de la ciencia.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Algunas bacterias disfrutan la sal de la vida



Parece que ciertas bacterias no sufren de hipertensión arterial, mucho menos de insuficiencia renal. Basta ver como las sales de sodio, pero también entre otras las de potasio, cloro y calcio, no hacen más que su saludable existencia condimentar. Al menos, eso es lo que ocurre con algunas de diversos linajes que flotan libremente en los lagos salados de la asiática meseta del Tibet. En el agua de la azotea del mundo se agrupan en una comunidad -denominada bacterioplancton- con un hábito de vida un tanto extremo que lejos está de claudicar.

No importan los 2790 metros sobre el nivel del mar, tampoco los 4619. Según Qinglong Wu, investigador de la Academia de Ciencias de China, les preocupa mucho menos la salinidad letal. Recientemente en la revista PloS one afirmó que para un Bacteroidetes, o un Planctomyces, el agua con concentraciones muy elevadas de sales, que trepan incluso a 279 partes por millar, no le plantea demasiadas dificultades. A pesar de que superan con creces las 35 partes por millar promedio frecuentes de detectar en los distintos océanos del planeta Tierra. Allí, en donde los organismos más convencionales no tardarían demasiado en perder su contenido de agua, deshidratarse, desecarse y finalmente morir, las comentadas bacterias decidieron tomar un reparador baño de sal.

Son halófilas, verdaderas amantes de la sal. Extremófilas, como las que residen bajo el poco amistoso hielo de la Antártida. Constituyen modelos para el desarrollo de nuevas aplicaciones tecnológicas. También guías de supervivencia, que intentan explicar como sería factible subsistir en las crudas condiciones que plantean mundos lejanos. El planeta Marte, por solo citar un ejemplo.

Qinglong Wu
por medio de análisis genéticos determinó que incluso aquellas que habitan en las hipersalinas aguas del lago Chaqia tuvieron chances de conformar una próspera comunidad. A contra viento de algunos estudios científicos previos, que no hacían otra cosa que dejar en claro lo mal que se lleva la excesiva salinidad de un ecosistema con el desarrollo de diversos organismos vivos. No ocurrió eso con las bacterias del Tibet, su biodiversidad durante el periodo de estudio nunca se vio minada. Claro, son extremófilas rodeadas de sal y cuentan con una salud de hierro para envidiar.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Afirman que existen niveles elevados de cesio radiactivo en el suelo de Fukushima



Han pasado ya algunos meses de el desastre de Fukushima, pero lejos está la catástrofe de amainar. No es ya la tierra que se mueve, ni el tsunami que todo lo puede. Se trata ahora de un elemento químico, más precisamente el cesio. Luego de emitido, en grandes cantidades desde la central nuclear a la atmósfera terrestre, no ha tenido mejor idea que depositarse en el suelo de una región con importante actividad agrícola. Cesio-137, radiactivo y contaminante, es el que según un grupo de científicos se encuentra alojado en el suelo de Fukushima.

Tetsuzo Yasunari, investigador de la universidad japonesa de Nagoya, integró un grupo de expertos que, por medio de programas de simulación, se encargaron de dibujar un mapa de la distribución de cesio-137 en el territorio japonés. La prefectura de Fukushima, ubicada al este de Japón y a 250 kilómetros de Tokio, y en menor medida sus vecinas Miyagi y Tochigi pasaron a constituir puntos calientes en el mapa desde aquel fatídico 11 de marzo del 2011. El viento se ha encargado de llevar gran cantidad de material radiactivo al mar, mientras que las altas montañas del país nipón han sabido resguardar un poco más a las regiones occidentales de la isla.

Según un artículo, publicado recientemente en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), el cesio-137 esta allí, pero lo peor es que según parece está dispuesto a quedarse por un largo tiempo. Dejado a su libre albedrío marchará hacia la desintegración de su núcleo atómico y la pérdida de su capacidad radiactiva, claro en un periodo no menor a unas cuantas décadas. Para los investigadores, se impone de manera urgente la necesidad de remoción del suelo de las áreas contaminadas. En aquellos lugares afectados, en donde no sea esto posible, abogan directamente por la limitación de su uso productivo.

Existen numerosas evidencias científicas que afirmaron que el cesio radiactivo, vehiculizado principalmente por medio de alimentos o agua contaminada, presenta potenciales efectos indeseables en la salud humana. El nuevo mapa se encargó de revelar que en varias regiones las concentraciones del elemento en el suelo han superado o en algunos sitios llegado al límite de lo tolerable por las autoridades estatales japonesas. Yasunari confía en que su trabajo servirá como guía. Fundamentalmente a la hora de focalizar en un territorio aquellas medidas que deberán ser tomadas de aquí a futuro sobre el golpeado suelo oriental.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Donde hubo fuego, a veces semillas quedan



En los distintos ecosistemas existieron incendios desde que se tiene memoria, a veces por un rayo caído del cielo, otras tantas debido a un distraído acampante, y en el peor de los casos por obra de un criminal consumado. Un territorio con un fuego salvaje, imposible de ser domesticado. Es así que en bosques, montañas y praderas, el primer salto de calidad tecnológico, y lo que era fuente de protección y calor, se encargó de arrasar con incontenible rebeldía. Sus llamas no hicieron otra cosa que intentar incinerar su guión de bueno de la película.

Vaya solo a manera de lamentables ejemplos no pocos desastres en los bosques del Mediterráneo y también el de algunas zonas forestales situadas en el Cono sur. Daños en el medio ambiente, pérdidas cuantiosas en fauna y flora, riesgos para vidas humanas y debacles económicas constituyen postales comunes luego del incendio. No intenta ser un aliciente, pero como intentó explicar Juli Pausas, experto en ecología vegetal del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, también donde hubo fuego muchas veces semillas nuevas quedan.

Para Pausas, el fuego es la perturbación natural de mayor impacto en la vegetación. Incluso situada por encima de tormentas, huracanes, sequías y voraces herbívoros. Tan es así que las plantas que crecen en ambientes con incendios frecuentes han adquirido, en el transcurso de la evolución, una serie de características adaptativas funcionales que le confirieron resistencia a los incendios. Lo dijo hace ya un tiempo, en el número de agosto de 2010 de una revista de divulgación científica llamada Investigación y ciencia.

Algunas especies expuestas a incendios frecuentes, como por ejemplo los pinos o cipreses de la cuenca del Mediterráneo, aunque producen semillas todo el año no las liberan anualmente. Las acumulan en sus copas, en el interior de estructuras leñosas llamadas piñas o conos serótinos. El calor del fuego abre los conos y permite la dispersión de las semillas en el ambiente postincendio, lo cual por suerte luego se traduce en el origen de numerosos ejemplares.

En tanto que en Chile algunos matorrales, que por otra parte históricamente han estado a salvo de los incendios por causas naturales, modifican en la actualidad sus rasgos hereditarios gracias a la mano del hombre. Dicen los expertos que alrededor del 95% de los incendios forestales son causados directamente por el hombre. Parece que las noveles semillas de un arbusto conocido como Helenium aromaticum también.

Según un reciente artículo, publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), el fuego provocado se ha encargado de seleccionar semillas. Todas resultantes de una pubertad más precoz, con capas aislantes y antitérmicas más gruesas, así como también con una forma más redondeada y por ello más fácil de enterrar. Para Susana Gómez González, científica de la chilena universidad del Bío Bío, estos hallazgos desafían la concepción que se tenía acerca de que los matorrales nativos del país sudamericano presentaban pobres respuestas adaptativas frente a los incendios de origen antropogénico.

Por lo visto, las llamas son dentro de todo un poco consideradas y al menos dan un tiempo a la selección natural y a la evolución. Para Pausas, inclusive algunas zonas que sufrieron incendios en determinado momento representan en la actualidad verdaderos puntos calientes de biodiversidad del planeta. Los ecosistemas vegetales parecen responder ante el estímulo con una mayor especiación. Un alcornoque, de corteza gruesa y aislante, bien puede resultar un claro testimonio.

Ocurre que, como toda capacidad, la adaptación suele tener un límite. Un bombero forestal puede apagar eficazmente un incendio, pero necesita luego de un cierto tiempo de descanso para recuperarse y reiniciar su tarea. Tiempo y descanso es lo que les falta a ciertos árboles. Producto de la sobrecarga de trabajo algunos pinos no pueden regenerar sus piñas.

En los últimos años se asistió en España a un marcado incremento en la frecuencia de incendios forestales. Según Santiago Fernández Muñoz, investigador de la universidad Carlos III de Madrid, fue lo que sucedió por ejemplo en la provincia de Valencia. “A partir de la década de 1970 existió un cambio en el régimen de los incendios, motivado en gran medida por la despoblación rural, el cambio en los usos del suelo, y la mayor continuidad de los ecosistemas forestales como consecuencia de esa despoblación”, manifestó el científico en una entrevista.

Pausas en tanto opinó que “la proliferación de plantaciones de árboles, sobre todo coníferas, y las políticas de prevención y extinción de incendios contribuyeron a un aumento de combustible inflamable”. Parece coincidir con Fernández Muñoz en que las políticas de prevención y extinción de incendios implementadas en España no han logrado dar mayores respuestas.

“Durante los últimos 40 años existió un incremento en el tamaño y la frecuencia de incendios en muchos de nuestros paisajes. Este incremento se ha producido a pesar de la intensificación paralela de los esfuerzos de control y extinción de fuegos”, remarcó el investigador. Por si fuera poco se encargó de tildar de poco natural y contraproducente a la gestión forestal que intenta eliminar a cada uno de los incendios que ocurren en el tiempo. Considera que “deberían asumirse ciertos regímenes sostenibles de incendios y se tendría que aprender a convivir con ellos".

En Chile las cosas no parecen ser muy diferentes. Claro, con la salvedad de que según los científicos el incremento exponencial en el registro de incendios forestales, a partir del siglo XIX, ha estado siempre vinculado a actividades humanas. Allí los arbustos no padecieron, ni padecen, una mayor predisposición para sufrir incendios debido a causas naturales. Igual piden un poco de tiempo.